jueves, 15 de noviembre de 2007

Menchi.

Menchi era un perro como cualquier otro, no había nada especial en el. Era un perro muy afortunado ya que se sentía feliz, no era muy difícil adivinarlo, con solo verlo te darías cuenta.

Menchi era el perro de alguien que llamaremos “Miyazaki” a secas.
Siempre que Miyazaki andaba en su casa, Menchi lo seguía, de arriba abajo, de un lado para otro, cuando se levantaba por un vaso de agua, aun cuando buscase algo sin importancia, Menchi estaba ahí, como su sombra. Nadie se explicaba porque el perro demostraba tal lealtad hacia esta persona, nadie lo entendía, el único que sabía la respuesta era Menchi.


Menchi no era un perro de grandes proporciones, es así que dormía en la misma cama que Miyazaki, aun cuando este no se hubiera ido a la cama, Menchi lo esperaba despierto hasta altas horas de la noche.

Miyazaki siempre salía de la casa por razones que solo los humanos comprenden, por razones que Menchi no alcanzaba a comprender.

Miyazaki solía tomar el trasporte en el mismo punto todos los días, a la misma hora, y Menchi lo acompañaba hasta ahí. Mientras tanto el perro siempre estaba como esperando a alguien, como si aguardase con impaciencia la llegada de alguien muy especial.

Horas mas tarde Miyazaki volvía, siempre a la misma hora y en el mismo lugar, y Menchi lo recibía, ahí, con singular alegría, meneando la cola, corriendo de un lado hacia el otro, volviéndose loco por la llegada de su amo. Este no sabía las razones por las cuales su perro tenía tal reacción a su arribo. Pero sonreía al ver los ademanes del fiel can, y lo acariciaba con cariño por tal recibimiento.

Es así que trascurrieron varios días, meses y años y esta rutina se repitió una y mil veces.

Un día como cualquier otro Miyazaki partió a ese lugar, al cual asistía, y Menchi lo acompaño como de costumbre. Transcurrieron las horas y Menchi llego a recibir a su amo.

Estaba retrazado, pero Menchi siguió esperando con esa paciencia que solo los perros tienen. Pasaron más de cinco horas y Miyazaki estaba ya retrazado, pero Menchi se negaba a dejar el punto de reunión.

Pasaron los días, las noches y Menchi seguía esperando a su amo, algo que el perro desconocía es que Miyazaki había muerto en un accidente cuando se disponía a volver a casa. Sus familiares lo sabían y hacia días que habían enterrado los restos mortales de Miyazaki.

Los parientes del ahora occiso trataron de llevarse al perro con ellos, a un nuevo hogar, a uno donde se le cuidaría bien, tan bien como lo hizo su amo en vida. Pero Menchi se negaba a abandonar el lugar, ese donde había montado guardia, ese donde esperaba el regreso de un amo que nunca volvería.

La gente veía con admiración, asombro y por que no, con pena, como Menchi aguardaba la llegada de Miyazaki, y le dejaban comida para que tuviera fuerzas para seguir esperando a su amo. Menchi no entendía de la mortalidad de los seres, no entendía nada acerca de la muerte, no entendía que las vidas de los seres humanos son finitas.

Tan es así que durante varios años continúo esperando a su amo en el mismo lugar, espero tanto como el ir y venir de las estaciones del año, espero tanto como su vida se lo permitió.

¿Hasta donde puede llegar la lealtad de estos pequeños seres, es acaso que se puede medir la lealtad y el amor que ellos nos profesan?
¿Es justo que pensemos que lo únicos seres que “sienten” sean los humanos?
¿Acaso, podremos algún día llegar a saber que es lo que hay en la mente y en el corazón de aquellos que llamamos, mascotas?
Eso solo lo pueden alcanzar a comprender ellos, pues para nosotros es todo un misterio…

H.P.M.

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